No es más que mi piel tatuada con todo lo que te tengo que decir.
Cada palabra es repasada y la tinta se desborda, mezclándose con la sangre que
inunda mis poros. Solo soy un inocente papel blanco, donde
podrían escribir historias de amor, coraje, miedo, acción, fantasía,
cualquier cosa. A menuda me doblas las esquinas cuando estoy escrito, o me
hacen una bola y me lanzan contra una papelera.
He sido arrancado de la madre tierra, de todo lo que yo quise para
vivir. Me cortaron y cortaron, y me exprimieron hasta convertirme en este
invento industrial, sin color, ni corteza más gruesa que mi propia piel. La
única defensa son mis bordes, transformándose en cuchillas si pasas el dedo
con rapidez.
Este color tan puro, no refleja nada. No dice nada. Estoy mudo con
este color. Solo te da la oportunidad de mirar su pureza y mancharme con alguna
salpicadura, con un derrame de tinta, con estas palabras.
Y entonces llegaste.
Yo que te respeté cada vez que pasabas victoriosa, antes todas
esas cartulinas heridas y mutiladas.
Yo que te saludé con miedo, cuando alzabas con simpatía tus
aguijones.
Tu instinto de viuda negra, cuchillas del infierno, temblaban los
tacos de papeles al verte pasar.
Sin darte cuenta nos dabas muerte a cada uno, tan frágiles.
¡Cobarde cortante! Disfrutando de la masacre creabas figuras, y
como si fueras a crear a Frankestein cada uno de nuestros trozos realizaba una
composición. Y todo lo que sobraba lo tiras al olvido de una muerte más que no
significa nada para ti.
Para eso te crearon, para destruir. Y nosotros, tus víctimas no
podemos defendernos de ti.
Me siento muy mal, triste, avergonzado, melancólico, paranoico. Sé
que en cualquier momento puede llegar mi final. No quiero ser cortado por la
mitad, ni por una esquina, ni en cuadraditos ni como te de la gana.
Soy tan frágil que casi no puedo moverme si no es por una fuerte
brisa o un viento huracanado.
Yo nací árbol y me convirtieron en esto. ¡En carne para tus
cuchillas!
Que alguien consiga doblarme hasta transformarme en un avión de
papel, para volar sin que nadie me atrape. Que el timón sea la dirección por la
que corre el viento desesperado y yo sea su simple sirvienta, una veleta, un
perro faldero que le sigue a todas partes.
¡Eh, niño! Juega conmigo y conviérteme en un barco de papel. Mi
viaje no durará mucho pues mi propia piel se humedecerá y se inundará con el
agua fría que toca mi casco. Y me hundiré en el fondo de cualquier charco,
laguna, riachuelo que lleva a una alcantarilla o bajo las lágrimas del cielo
que se funden con el agua del mar. Déjame ir.
Solo quiero huir de tus garras. De tu poderío y tu prepotencia al
tener el poder de quitar la vida u otorgar un segundo más de paz inquieta,
donde no sabrás si serás ejecutado o perdonado por un minuto más.
Yo nací libre en una tierra fértil donde la esperanza brotaba a tu
lado. Donde el viento no era tu guía sino un pasajero que preguntaba entre tus
ramas a dónde ir.
Y aquí preso estoy, en estas cuatro paredes de este paquete
ausente de color y vida. Debajo de mí hay muchos más papeles, dormidos,
esperando la hora de su muerte. Y aquí estoy yo, el primero. Viéndote llegar.
Tus tenebrosas cuchillas brillan al sol y mi piel blanca reflecta
toda esa luz.
¿Es así como manda una señal la muerte? ¿Es así como aparece? ¿Con
un resplandor blanco que identifica al asesino y su víctima? ¿Y nada más?
Me llevo tiempo escribirme en mi propia piel todo lo que quería
hacer antes de ser asesinado. Pero a última hora cambio el guión. Con cada paso
que das, segura de la atrocidad que vas a cometer conmigo,
dividiendo mi piel en cachitos y dejándolos caer en una simple papelera,
me doy cuenta de lo que realmente tengo que hacer.
Una mano me agarra y me transporta hasta una superficie de madera.
Coge a mi rival más temido y lo deja descansar a mi lado. La mano junto al
cuerpo se va no sé donde.
Aquí está el miedo que no me deja dormir por las noches. El susurro de un búho en mitad del bosque. La causa número uno de mi tembleque. Está a mi lado el monstruo que todo niño tiene y teme de pequeño. Sin protección, ni barreras, ni el destino de mi parte para que me salve de tal atrocidad.
Ahora es el momento de decirte, al oído de tu frío metal afilado que jamás llegué a imaginar que mi final sería un triste final. Al nacer árbol supe como moriría: siempre de pie.
Y ahora, casi en los huesos por no decir pellejos, con esta piel tan blanca y opaca, sin ningún saliente, una superficie virgen y perfecta, acabarás conmigo tan solo con dos movimientos de mano. Yo que en su día dí de respirar a la humanidad, darles un respiro en aquella alejada y tóxica ciudad, yo que en su día fui casa de todo tipo de aves y dí de comer a más de mil especies de insectos. Yo que tallé en mi árbol la dirección correcta, que mantuve la mirada al frente sin torcerme.
Mírame ahora, tieso y temblando.
Muero de tristeza cada vez que reflecto tu metal brillante. ¡Victoria! Pensarás. Yo lloro sin derramar lágrima alguna.
¿Qué es lo que veo?
Una ventana abierta y el viento soplando. Recorre mi cuerpo, me elevo un segundo.
En el mismo instante en el que volé tan solo un segundo sentí su calor.
El calor de aquella vela que perfumaba la habitación.
Un poco más lejos de aquellas cuchillas del infierno allí estaba yo. Un soplo de viento más y no moriré. Moriré en paz.
Atento miro a la ventana y las cortinas anuncian el siguiente vendaval. Aquí viene.
Me eleva. Siento toda la frescura del viento rozando mi superficie plana y blanca. Recuerdo cuando los árboles se movían a mi lado al compás del viento. Ese silbido...
Una de mis esquinas de uno de mis lados cae en la vela.
Un hormigueo doloroso recorre rápido mi superficie. El humo sale de todas partes.
Me devora. Muero en paz.
Árbol fui y árbol seré, y ninguna cuchilla más cortará mi piel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario